Educación Pre Escolar : Formar en el Afecto y en el Juego


La Educación preescolar puede si se lo propone restituir en parte los vínculos afectivos que la premura del vivir cotidiano ha interrumpido. Si la impronta fijo la imagen de la madre en el mundo animal, en el género humano son los vínculos biológicos y las experiencias los que generan los apegos que según su calidad afectiva serán o no los sustentos para una vida más o menos plena.

La escuela no puede abarcar el período considerado crítico que va desde el embarazo hasta los dos años. Y si lo hace, por diversos motivos, nunca podrá reemplazar del todo el vínculo roto. La sala cuna no será nunca madre sustituta. Pero aún así la ductibilidad del organismo que se desarrolla en función del devenir genético y las experiencias, nos deja a los educadores un amplio espacio para intervenir e intentar restablecer el equilibrio.

Maduración y experiencia

Si bien existe la tentación de asumir el patrón genético de la especie como un “destino predeterminado”, la ciencia y especialmente la neuro ciencia, contribuyen cada vez más al conocimiento de cómo el cerebro se va desarrollando en función de vivir experiencias en el entorno. Este proceso biológico y fisiológico, no sólo activa las redes neuronales adecuadas para una mejor adaptación, sino también nos nutre de las emociones vitales para nuestro desarrollo subjetivo. En definitiva nos constituimos por medio de la experiencia en seres humanos permeables al influjo externo de los otros y del medio, con una alta capacidad de plasticidad, de resiliencia para enfrentar el “estar en el mundo con los otros”.

Toda una oportunidad para la función pedagógica si consideramos que estar con los otros significa una opción, un consenso, que surge del emocionar, del amor y del lenguajear, a decir de Humberto Maturana, científico chileno, doctor en biología, premio nacional de ciencias, docente y autor de varios textos.

Período Crítico

Es el jardín una rica posibilidad para reeditar las emociones a través del lenguajear en el afecto y en el juego, que deben estar presentes en todo vínculo significativo. Disponer del entorno para activar las capacidades biológicas y subjetivas del sujeto en maduración, debe constituirse en una práctica intencional y habitual. Los rincones conteniendo los insumos adecuados para motivar la experimentación, serán el instrumento didáctico que coopere al crecimiento de las dimensiones contribuyentes a la integralidad del ser humano. Apuntar sólo a lo cognitivo en el referido “periodo crítico”, equivaldrá a adelantar las practicas que uniforman y/o escolarizan a los niños restándoles posibilidades de ser más integrales a la hora de “ser en el mundo”.

Biología y subjetividad

El niño, más que un ente en maduración y formación progresiva, se constituye en la práctica habitual de nuestros colegios en “un promedio” que se expresa en función de estándares pre-establecidos por el profesor. Este proceso “formativo” desconoce que el poder de la subjetividad radica en que permite expandir los estados de conciencia de los seres humanos generando vitales consecuencias para su desarrollo físico y psicológico. Esto significa que el bebe, o el niño puede y debe expandir sus estados de conciencia u organización cerebral, en el constante intercambio afectivo que ocurre con los cuidadores. Se requieren por tanto a juicio de Tronick quien ha propuesto el modelo de “regulación mutua”, dos mentes (díada) para que se produzca este potenciamiento. El niño logrará siempre más en una relación intersubjetiva que por sí sólo.

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